La rutina de los mayores

Por 25 octubre, 2018mayo 9th, 2019Relatos

He cerrado las ventanas y las persianas de hierro, ya tengo todas las bolsas en la puerta del jardín. El verano ha terminado, y en los últimos días del finalizado mes de agosto, tuvimos que conectar la calefacción porque dentro de casa “no sobraba nada”. Además, la última semana ha resultado tediosa, el sol se ponía antes, el verano languidecía y ella, mi madre, preguntaba con reiterada insistencia si ya tenía que volver “al cole”, en realidad, donde volverá será a la rutina diaria en su centro de día.

Todos los veranos mi madre pasa el mes de agosto en su casa del pueblo, es complicado organizar algo tan sencillo; total: dos faldas, cuatro blusas, unas zapatillas, ……pero no. Ella ya ha superado los noventa y cinco años de edad y todo es un mundo. Cuando llegamos, ya pensamos que tenemos que volver, y cuando nos levantamos, ya estamos listos para la cena. El tiempo no corre, pero la vida pasa y los años se estancan aunque envejezcamos a velocidad de huracán.

Repetimos veranos con la misma liturgia, desayunamos con los mismos ingredientes, los rosales del jardín se pueblan con clones de temporadas pasadas. Cuando termina cada verano me sobrevuela la nostalgia de aquello pendiente que quise hacer pero no pude, siempre el viento agridulce de la caída de la tarde..

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Ella espera, sin prisa, sentada en el borde del viejo banco de madera bajo el porche de la casa. El banco es estrecho, rígido e incómodo, apareció en la despensa oscura de la casa de su cuñada. Cuando aquella casa pasó a ser herencia de los sobrinos y el tejado se vino abajo, se rescataron los cuatro enseres que tenían más tesoro emocional que valor real, y ahí está ese banco, en el que un día alguno de nosotros nos sentaremos confiados y acabaremos en el suelo. Aunque está sentada, su postura rígida y su muleta mal recostada, producen sensación de inestabilidad, máxime cuando ella ya no conserva el equilibrio.

– Mami, ahí no estás muy segura, ese banco tiene el asiento demasiado estrecho. Siéntate mejor en esta silla de jardín que es más firme.

Mientras le decía esto, le he acercado una de las sillas de plástico que permanecen todo el año en el jardín. Al acercársela he notado un tenso movimiento en sus piernas intentando ocultar algo, una bolsa de plástico, de color indefinido, que se camuflaba entre el banco y sus piernas.

– ¿Qué es esa bolsa? –le he preguntado-. Ella ha reaccionado cerrando con fuerza la mano que la sujetaba.

– Nada, no es nada, es que esta foto, aquí, se está estropeando –me ha respondido.

– A ver, déjame ver –le he dicho, mientras he abierto la bolsa que ella se resiste a cederme. Pero mamá esta foto está destrozada, es copia de la que tienes en tu dormitorio en Madrid. Mira tiene humedad, el papel está sucio y esa mancha horrible de humedad está sobre tu vestido.

– No, no está tan mal –dice, mientras me quita la foto enmarcada en un cerco de plástico de ningún valor. Me la voy a llevar –asegura con inusual seguridad- es la foto de mi boda.

Es una foto en blanco y negro. También los retratados, mi padre y mi madre, visten de blanco y negro. Destaca el ramillete de azar blanco prendido en el hombro izquierdo sobre el vestido de ella y sus labios rojos, coloreados sobre el papel fotográfico. A pesar de que lleva un velo blanco sobre su cabeza y que un ramo de novia descansa sobre su regazo, la foto muestra seriedad. Su vestido se adorna con lentejuelas negras, cosidas entrelazadas, a modo de guirnaldas y ramilletes. En alguna ocasión, mi madre me contó, con cierta pena, que aquel ramo sobre su regazo no era suyo, que estaba allí, que era para las fotografías de novias. Ella está sentada y mi padre de pie a su izquierda, viste un traje de chaqueta negro, severo, sólo iluminado por el discreto cuello de su camisa blanca que se entreabre desde el interior de las solapas de la chaqueta; en el ojal luce un clavel blanco. Parecen serios, al menos, eso me lo parece a mí.

Se casaron cumplidos los veintisiete años, eran mayores para las bodas de entonces, pero sus caras son jóvenes, sus rostros receptivos a la responsabilidad, se muestran expuestos a la opinión de los espectadores. Entre ellos no se miran, parecen esperar la aprobación de quienes les miramos, esperan estar interpretando perfectamente su papel, el papel de novios en el día de su boda.

– Vale mamá, tienes razón, mejor estará allí durante el invierno. El próximo verano volvemos a traerla y así tienes una foto en cada sitio.

Firmado por Ana María

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ANÁLISIS LA RUTINA DE LOS MAYORES – CUIDADO MAYOR

La rutina es fundamental en nuestros mayores. La vejez complica la elaboración de nuevas rutinas. En ocasiones algunos autores han disociado la novedad con la vejez. La rutina en edades avanzadas es fundamental. Los hábitos continuados ayudan a los más mayores a continuar con su día y día y sigan enganchados a la vida.

Como se recoge en este relato las rutinas, más aún en verano cuando las familias están de vacaciones y se cambian los hábitos, son fundamentales. El pasar los veranos de la misma forma y en los mismos lugares que antaño ayuda a la evolución positiva de los más mayores. Esos lugares comunes están cargados de recuerdos que en ocasiones hacen aflorar sentimientos, como el de la protagonista con su imagen de matrimonio u otras historias vinculadas a la música y a los olores. Las rutinas son necesarias, y más aún en las personas mayores.

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